Mi Amiga la Prepago también se ilusiona.

No vi a Mi Amiga la Prepago ni haciendo pesas ni montada en la escaladora, así que me resigné a entrenar solo.

El entrenamiento transcurría lento y aburrido hasta que la vi metida en la clase de bailoterapia. Se movía como Isadora Duncan.

Me detuve a verla junto al resto de los hombres presentes quienes no tardaron en hacer comentarios morbosos acerca del tongoneo de Mi Amiga la Prepago. Se la cogieron con las palabras.

Al terminar de entrenar coincidimos en la salida del gimnasio donde me detuvo: “Me llevó a cenar a Antigua, no pidió vino” me dijo. “Después yo quería una tartaleta de higos pero él pidió la cuenta rapidito después de terminar de comer porque según me tenía una sorpresa. Acto seguido estábamos en el Montaña”.

Mi Amiga la Prepago fue desarrollando su monólogo mientras revisaba impacientemente su cartera. Sacaba los celulares, los chequeaba, los guardaba, los volvía a sacar.

“¿Te acuerdas del portugués que agregué al pin hace tiempo?”. Yo, obviamente, tenía registro fotográfico de cada persona con la que Mi Amiga la Prepago chanceaba. Ese era mi nuevo hobbie.

“Bueno…” hizo una pausa, suspiró, se puso sus lentes Dolce y prosiguió “me estuvo conquistando por texto, ni una llamada el muy pichirre, portugués tenía que ser. Ayer me invitó a cenar y hasta pensé en cocinarle en la casa, pero el insistió en que dejara todo en sus manos. Pensé que iba a ser diferente.”

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